A pesar de haber tenido una vida plagada de mala suerte, Wes jamás se ha quejado ni una sola vez. En lugar de hundirse en sus propios problemas, ha dedicado su existencia a hacer sonreír a los demás..., aunque sea a su costa.
Su viaje a la Constante no fue más que una trágica comedia de errores. Tras una serie de pasos en falso que provocaron un efecto dominó, Wes se vio de repente en el lugar de un desconocido atrapado en las garras de un portal sombrío con destino a la Constante. Esa inesperada llegada enfureció al Rey Pesadilla, que no tardó en vengarse del pobre mimo por interferir en sus planes. Wes quedó desterrado a su propia prisión privada, apartado de cualquier mirada, donde permanecería hasta que lo rescataran los demás supervivientes de la Constante (y, como tiene un corazón de oro, Wes no le guarda rencor a Maxwell... a pesar de que no le dirige la palabra).
Si Wes hubiera sabido el destino que le esperaba en su último día en la Tierra, lo más seguro es que hubiera hecho exactamente lo mismo que hizo. En realidad, hay una parte de él que se alegra de estar en la Constante con los demás supervivientes. ¿Que por qué? ¿Quién podría estar más necesitado de ánimo que esas pobres almas en desgracia?