Wortox aprendió a las malas que siempre hay que andarse con cuidado con las compañías que uno busca. En su día un juguetón diablillo sin ninguna preocupación en el mundo, Wortox se pasaba los días ayudando a un krampus a hacer el mal por toda la Constante. Y, aunque este par de gamberros disfrutó de sus diabluras durante un tiempo, Wortox comenzó, poco a poco, a ver cierto lado oscuro en el corazón del krampus y a vislumbrar la malicia en sus bromas. Como no quería hacer daño a nadie, el diablillo finalmente acabó plantándose, pero, al tratar de detener a su malévolo camarada, despertó inconscientemente un terrible poder en sí mismo.